El Guillatún

Saturación

El Guillatún - ilustración por Macarena Ortega

Ilustración por Macarena Ortega

Queridos lectores,

Una de las palabras más sabrosas de este principio de milenio es la palabra libertad: libertad de expresión, libertad de movimiento, libertad de pensar, libertad sexual, artística, política… y, hoy en día, en el lado occidental del globo al menos, la censura opera escasamente. Aunque la ley prohíba la incitación al odio o la violación de la seguridad nacional, un orador hábil logra transmitir al público cualquier mensaje, sea por los medios tradicionales o por las vías sombrosas y discretas del Internet. Pero más que el yugo de la censura, parece que es el yugo del escándalo el que hemos sacudido. El abrigo de carne de Lady Gaga, la pornografía del vecino en la web, el Frank Underwood de House of Cards escupiéndole a una estatua de Cristo, el ex director-gerente del FMI acusado de violación, las pequeñas locuras y perversiones de cada uno expuestas en Facebook… chocan un poco, es cierto, pero ya nos acostumbramos. Aprendimos a absorber y olvidar rápidamente el desfile diario de lo absurdo, de lo provocativo, de lo chocante, y también el desfile de lo bello, de lo genial, de las preguntas pertinentes y de las ideas nuevas.

Este mes, en El Guillatún, fue abordado el tema de la mediática profusión del arte en nuestra época y lo que aquella profusión siembra en el pecho de quien desee sumirse al movimiento general: el vértigo.

En su artículo, Extremos opuestos de la narrativa chilena actual, Rodrigo Hidalgo se interroga: «¿Cuál es el aporte de cualquier novela hoy en día? ¿Se trata de hacer un aporte? ¿A quién, al lector? ¿O a La Literatura Universal?». En efecto, ¿qué artista no sueña con ver su obra entrar en el Panteón de los grandes clásicos, atravesar los años sin caer en el olvido, fundir un nuevo movimiento y cambiar el paradigma de nuestra época? Sin embargo, la masificación de la cultura parece haber enterrado los sueños de eternidad, sustituyéndolos por éxitos mediáticos tan efímeros como cualquier moda. Al igual que los otros sectores de la industria, la cultura no pudo ignorar el capitalismo: multiplicamos las ofertas, adaptándolas a la audiencia y siguiendo criterios muchas veces arbitrarios, y, cuando una Gran Novela pasa el filtro de lo vendible y rentable, nadie puede asegurar que no se ahogará en el raudal de las publicaciones.

Nos aferramos a nuestra Libertad. Nos enorgullecemos de nuestro derecho a expresarlo todo, a denunciar las injusticias y a defender nuestros puntos de vista. Sin embargo, ¿cuál es la incidencia de una palabra libre si ella se pierde entre medio de miles de palabras libres? ¿Cuál es el sentido de una provocación o el escándalo de una injusticia si aquéllas se olvidan, sustituidas enseguida por las siguientes? Ahora bien, si los libros no se leen y los llamamientos a indignarse no están escuchados, ¿cómo culpar a algo tan difuso como el efecto de masa de hacer inoperante la libertad de expresión de cada uno?

¿No será la saturación la nueva forma de censura de nuestra época?

Amigos de El Guillatún, las palabras de las utopías del siglo pasado, tan definidas, quizás ya no permitan interpretar los retos de nuestras sociedades de masa, y si los nuevos mecanismos de control social operan según lógicas opacas, nuestra libertad depende de nuestra capacidad de reaprender a leer entre medio de la confusión.

¡Hasta la vista!El Guillatún

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