El Guillatún

La sobra de los que bailan

La sobra de los que bailan

La danza y el baile en Chile no tienen la importancia, en el arte y en la cultura, que sí tienen en otras latitudes de América Latina. Tal vez por eso la precariedad de nuestro arte.

Baile y danza en español no son lo mismo. En inglés, francés y alemán existe una sola palabra que aúna los conceptos. Nosotros hacemos esta curiosa distinción para referirnos —en grandes lineamientos— al arte escénico de la danza y al baile como expresión de la reacción del cuerpo frente a la música. Esto conlleva a muchos equívocos como, por ejemplo, creer que una bailarina contemporánea debe saber bailes de salón a la perfección o que una bailarina de tango no es una profesional ni artista, con mayúsculas. Por eso la palabra bailarina siempre me ha parecido tan inexacta, pues viene de baile y no de danza, con la que nunca me he sentido plenamente interpretada para referir mi quehacer.

Quizá lo que mejor ilustre este problema cognitivo es la definición misma de danza y baile que se ha dado la academia. Entrando en un intrilinguis de difícil digestión:

«Se puede observar una diferencia entre danza y baile. Pese a que los dos se complementan y están íntimamente relacionados. Sin embargo, aunque la danza se hace visible por medio de bailes, no siempre se baila para comunicar algo en sí, sino que se puede bailar por alegría, diversión y desfogue de energía, siendo una práctica como dice Gardner (1991) en forma de juego (libre y espontáneamente); por el contrario, la danza comunica un estado vivido, el cual va más allá del simple juego (sin querer decir con esto, que el que danza no juega; pues también se puede jugar con gran significación y no sólo por divertirse) siendo a su vez, más extensa y holística que el baile».

Más allá de los problemas objetivos que existen para hacer una diferencia, que otras culturas no hacen a través de una palabra, en el español solemos referir la danza a un arte escénico solemne en el que impera el movimiento del cuerpo o bien a actividades rituales de una cultura o etnia determinada, mientras que el baile se comprende como una actividad cotidiana, asociada a lo festivo y que puede tener representación escénica, en tanto es representativo de esas culturas, etnias o fiestas.

¿BAILAMOS LOS CHILENOS?

En medio de este esfuerzo de comprensión de las diferencias entre danza y baile, es importante establecer los puentes que hay entre ambas actividades, sabiendo que se influencian mutuamente. De tal modo, los chilenos tendremos una danza que de alguna manera responde a su baile, en tanto los bailarines (danzarines, para el caso) están inmersos en un universo cultural.

De tal modo, la cumbia, siendo nuestro baile más popular, sería la base de cualquier refinación artística vaciada hacia nuestra danza, pero eso supone que somos como cualquier otro latinoamericano respecto al baile y a mí me queda la duda: ¿bailamos espontáneamente los chilenos?

Siempre me ha llamado la atención ese momento de las fiestas en que se pone la música, se despeja el lugar y tímidamente comienzan a aparecer parejas. Nunca aparece alguien solo que quiere bailar. Nos sumamos de a poco con la idea de que ojalá nadie nos mire y deseando que pronto salgan más personas a la pista de baile. Ese escenario es tan común en nuestro país, que para algún observador no le pareceríamos latinos. Y es que probablemente Chile sea el país latinoamericano donde menos se baila. Obviamente tenemos más ritmo que cualquier gringo, por lo que algunos compatriotas se animan sin mucha vergüenza a abrir escuelas de salsa en las ciudades nevadas del hemisferio norte, pero el común de nosotros muestra una timidez o tristeza que no se condice para nada con nuestro gusto popular por los ritmos tropicales. No habría problema si por otro lado, sin ser argentinos, le pegáramos al tango, como los colombianos, o de verdad nos gustara bailar la cueca.

Capaz tenemos que asumir que no nos gusta tanto el baile, y por transitividad, la danza.

Somos un país pequeño de Sudamérica que no tiene carnaval. A lo más tenemos la fiesta de La Tirana y de Andacollo, encabezados por el baile de los chinos, ahora declarado patrimonio inmaterial de la humanidad por la Unesco, y otras pocas instancias.

Sin embargo, no fuimos siempre así de tristes. Antes de que el frío iluminismo acallara los carnavales de la mano de Marcó del Pont, los O’Higgins o Manuel Montt, el país era como el resto de los vecinos. Según el historiador Maximiliano Salinas, éramos buenos para la parranda.

Salinas cree que nunca lo dejamos de ser, bajo un ropaje racionalista, pero ¿se consiguió aplacar la fiesta?

En parte sí y por desgracia la dictadura terminó por intensificar esto, en mi opinión.

Muchos, loablemente, quieren resucitar el espíritu fiestero de los chilenos. Por ejemplo, hace 15 años en Valparaíso se refundó el carnaval con los Mil tambores. También es cierto que el desenfreno vuelve en cada una de nuestras encubiertas fiestas de la primavera, todos los 18 de septiembre.

Pero todavía la fiesta de los Mil tambores se ve como algo ajeno, y está lejos de ser una fiesta en que bailan las abuelas con las guaguas, y el 18 hace del país un bar universal, donde se desarrolla la mayor tomatera, sin que sea, a su vez, una larga y angosta pista de baile.

Es, sin embargo, en el ámbito privado donde estamos más al debe. Quiero detenerme en la fiesta casera, en el matrimonio, el bautizo o el recital, donde no hay comparsas ni números ensayados (cercanos más a la danza que al baile). Cuando la música suena, aunque guste a la gente, la mayoría se queda sentada y si salen a bailar, los cuerpos se ven torpes, sin mucha motivación, solo recordando algunos pasos aprendidos alguna vez. ¿Será poca educación musical? o ¿poca educación corporal? Dos áreas de la educación escolar olvidadas en nuestros currículum, aunque la música quizás no tanto. No es casual.

EL SLAM, MI ARTICULACIÓN ENTRE DANZA Y BAILE

Me empecé a dar cuenta de mi placer al bailar cuando comencé a ir a recitales de música que me gustaba. No solo bailaba mientras escuchaba al grupo tocar, sino que normalmente después había fiesta y yo seguía bailando con la energía de los años mozos. Podía escuchar la música más fácilmente si me movía, era como si la entendiera más y eso me ocurre hasta hoy.

Lo gracioso era que esos grupos under u oscuros tenían un efecto parecido a Pachuco entre sus seguidores. Mientras que unos apenas movían las caderas y las manos al son de la cumbia, los otros se limitaban a agitar la cabeza o zapatear el suelo con el rock. Todo básico y pre-establecido.

Sin embargo, hay un momento especial que rescato en esos recitales (tocatas noventeras), que es cuando se generalizaba lo que llaman slam o pogo, que consiste en moverse frenéticamente, formando un círculo, chocar y empujarse para seguir en el círculo. Ese era el peor momento para mí, porque tenía que escapar para no salir lastimada y desgraciadamente no me dejaban bailar, pero era también la expresión más genuina y auténtica que he visto en jóvenes chilenos al moverse.

A pesar de lo agresivo que puede ser a veces este baile, tiene un encanto particular, y responde a las ganas de bailar sin que tenga la etiqueta del baile, pues en apariencia es solo la expresión de la libertad de moverse como se antoje, influenciados por la fuerza centrífuga, quitando a quien esté por delante para lograrlo y generando una potencia grupal insólita.

¿El slam vendría a ser danza o baile?

En mi experiencia, es justo el engranaje entre ambos. Para mí tiene una cercanía con la improvisación en danza, mucho más fuerte que cualquier otra expresión a la que podemos caracterizar como baile, y, sobre todo, tiene una fuerza que podría emparentarse con una idea de propósito discursivo/expresivo, que tiene la danza, y que el baile no siempre.

Por eso es que la noticia de la tragedia ocurrida durante el recital del grupo Doom, que por desgracia dejó a cinco jóvenes muertos y muchos heridos, me caló tan profundamente. Era parte de lo que viví como joven, pero más allá de eso, era el resultado de un espíritu de slam que se desbordó empujando a varios al abismo. No es el pogo el culpable, sino el no haber comprendido que quienes iban a escuchar a Doom, eran también cuerpos furiosos y rabiosos que también iban a hacer danza: el slam más triste de la historia.El Guillatún

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